domingo, 27 de febrero de 2011

Noche de sorpresas

Puedes hacer mil planes sobre una noche, imaginarla una y otra vez en tu cabeza pensando en cada pequeño detalle posible de lo que crees que sucederá, recreándote en ellos… y al final, lo más probable es que casi nada sea como lo habías imaginado. Y tal vez en eso consista la vida en el fondo, en una sucesión de sorpresas y momentos inesperados, de decepciones y alegrías; tal vez nuestro porvenir en ésta dependa tan solo de nuestra capacidad para adaptarnos a lo que no vimos venir, a lo que nos pilló por sorpresa.
Y en general esa noche fue una sorpresa tras otra: empezando por una llamada a las 6 y pico de la tarde, que me invitaba a dejarme la garganta (ya perjudicada) jugando a la wii a interpretar los éxitos de nuestra serie preferida…. Noche que incluía fuegos artificiales, besos fugaces, un tour por mi habitación con invitados estelares, paseos de la mano con mi gbff, alcohol y más alcohol, flirteos de diversos hombres tanto con él como conmigo (¡¡no juego en vuestro equipo!!)… y que acabó, probablemente, con la mayor sorpresa de todas.
No sé él, pero yo a lo largo de la noche en algunos instantes me sentí un poco como en esa frase de Take That: “expendable soldiers, smiling at anything”. Pero ese es un sentimiento que apareció en mi vida hace mucho tiempo… y que últimamente creía haber superado. A veces se nos olvida que hay ciertos sentimientos, ciertas sensaciones, que nos acompañaran eternamente, no de forma permanente, pero sí en ciertos instantes. Y ese era uno de ellos.
Empezó siendo una noche de protagonismo compartido, entre él, que esa madrugada ya estaba de cumple, y yo, que no cruzo al umbral de los 19 hasta el martes. Y terminó siendo una noche de compartirlo todo él y yo. Y qué razón tenía, si no fuera por el sexo, seríamos perfectos el uno para el otro; lo que entonces no le dije y me viene ahora a la mente, es que tal vez nuestra perfección resida precisamente en eso, en que ningún sentimiento confuso y ninguna rabieta de celos perjudicarán nuestra relación.
Como escritora que intenta buscar un final para su libro he de decir que, a veces, la vida al igual que los libros te ofrece finales que nunca habías previsto. No esperaba acabar allí a las tres de la mañana, no esperaba rememorar nuestro último año de instituto y no esperaba que cierta(s) persona(s) no estuviera(n) con nosotros en ese final… pero tal vez incluso fue mejor así, más íntimo, más memorable, más entre él y yo. Espero que se lo pasara también como yo.

Salí de casa esa noche decidida a divertirme, independientemente de los contratiempos que se me fueran presentando. Y no fue un propósito fácil de seguir a veces, sobre todo porque como le dije a él ayer, hay ciertas personas de las que nunca te esperas decepciones y cuando llegan duelen más que las que otros te puedan causar. Pero también hay quien nos sorprendió para bien (creo que en esto ambos estaremos de acuerdo).
Cuando, cansados de un sitio en el que no queríamos estar, salimos de aquel pub, prácticamente fuimos de forma automática a la alameda, tal vez por experiencias pasadas que yo ni recuerdo, tal vez porque todo estaba predestinado a suceder así. Y de hecho, era demasiado irónico. Él y yo, en una noche importante como aquella, solos, delante de nuestro viejo instituto y algo piripis. Hay cierta parte que omitiré (espero que sepa de cuál hablo) pero que ahora que la analizo también tuvo cierto sentido, fue un poco como decirle al insti: jódete! Te he dejado atrás. O yo así lo sentí.
En fin, el caso es que nos sentamos y en algún momento se le ocurrió la brillante y recurrida idea de poner música, para ambientar, para darle vidilla al momento…. Pero se equivocó al escoger. Taylor Swift, por mucho que nos guste, no casa con juerga de sábado…. Y además, tocó nuestro punto débil al elegir la canción, acentuado por el transcurso de la noche, por nuestro estado emocional últimamente y por el alcohol. Apoyó la cabeza en mi pecho mientras yo le acariciaba la espalda y “Never grow up” empezó a sonar. Recuerdo que le dije, como previo aviso: tengo ganas de llorar. Y que asintió con la cabeza compartiendo el sentimiento. Y no sé quién empezó antes o cuál de los dos se dio cuenta en primer lugar de que el otro lloraba, pero de pronto ahí estábamos, ambos llorando… sin demasiado dramatismo, de forma calmada, como algo natural, tal vez hasta necesario ayer. Una frase me vino a la cabeza. Creo no haberla escuchado o leído en ninguna parte, así que supongo que fue la inspiración del momento. Y mientras alguna que otra lágrima mía caía sobre su pelo negro le dije: “Éste es el mejor final triste que podía haber imaginado”. Y aunque me encanta la frase, no sabía hasta qué punto estaba equivocada, porque lo pasé realmente bien después, porque esas dos horas solos allí serán algo que creo que nunca olvidaré.
No sé muy bien por qué lloraba él. Tampoco estoy del todo segura de por qué lo hacía yo. Pero a penas hablamos de ello, y no nos hizo falta, compartimos el silencio de una noche de febrero.
Hasta que se me ocurrió hacer una observación que no venía a cuento en absoluto; habían cambiado las farolas de enfrente del Valle. Gran dato sí señor (blame it on the alcohol). Y él, con sus aires de amigo buenazo, y caballero perfecto que cualquier mujer debería desear tener a pesar de que no pueda conseguirlo (él tampoco juega en vuestro equipo chicas), contestó: “Yo te seguiré queriendo…aunque cambien las farolas”. Y no supe si reír, llorar, abrazarle, decirle que nos fuéramos a casa, ir a pedir más chupitos o culpar al exceso de éstos.
Para acabar con el climax pesimista y algo deprimente decidió cambiar el motivo por el que se elegía la canción que sonaba: sí era bailable y más o menos nos sabíamos la letra, se ponía. Y así fue como se sucedieron canciones tan diversas como “Bad Romance”, “I need you now”, “Somebody to love”, “Gives you hell”, “Ciega sordomuda” y un largo etc. Las bailamos y cantamos a todo pulmón, en una alameda vacía en la que casi el único ruido era nuestra vida. Tuvimos algún que otro espectador involuntario que pasaba por allí, pero también nos daba igual…total pensarían que estábamos borrachos (y no sé él, pero yo aún no lo estaba lo bastante y por una vez tampoco me importó o pasé vergüenza).
Dos horas más tarde, cansados (física, mental y vocalmente) y a punto de dormirnos en uno de los bancos de piedra, decidimos marcharnos a casa. Eran las cinco am; una buena hora. Me agarró del brazo y nos dirigimos a mi portal.
Una vez allí saqué las llaves del bolso y abrí. Me giré en el umbral para despedirme, como siempre. Él me abrazó y, sin más, de forma espontánea me susurró al oído: “I had the time of my life…”
Y al unísono completamos la frase: “…fighting dragons with you”

Fue la despedida perfecta para una noche imborrable. Long live.

1 comentario:

  1. perfecta entrada, como la noche de ayer =)
    te quiero S., y recuerda
    never grow up

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