miércoles, 9 de febrero de 2011

Menta

Cogí el cepillo verde de la taza del mismo color, cuidadosamente conjuntado por mi madre antes de mi traslado a Santiago; y empecé a lavarme los dientes.

Tal vez fue el sabor a menta en mi boca, no lo sé, pero me acordé de aquel día. Sí, ese en el que te piqué en la tienda amenazándote con que iba a comprar los chicles de menta y tú, orgullosa, me desafiaste con aire ausente y fingiendo que francamente te importaba un bledo. Aún recuerdo tus palabras: "compra lo que quieras". A lo que yo equiparandome a ti en chulería contesté: "Pues vale". Y, simplemente por hacerte rabiar, los compré.

Aún recuerdo que después te arrepentiste, al llegar al parque, e intestaste echarme la culpa a mí cuando ambas sabíamos, en el fondo, que todo se debía a tu cabezonería. Pero en fin, es otra cosa más de las que odio y amo de ti, al mismo tiempo.
Y luego me acordé de como te apartabas costantemente quejándote y como, a pesar de todo, la menta no te impidió actuar según lo que sentías aquel día.

Y me eché a reír, por la situación en general y por nosotras, porque en el fondo somos como dos niñas pequeñas... aunque nos cueste reconocerlo; orgullosas, caprichosas, frágiles, inestables, protectoras... pero al mismo tiempo tenemos también todo lo bueno propio de la infancia: la ilusión,la diversión, la pureza, las ganas de soñar y, en definitiva, de vivir.

Y supe que siempre que estuviera triste recurriría a ese recuerdo y que, milagrosamente, una sonrisa aparecería en mi cara.

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