jueves, 31 de marzo de 2011

París y tú

Un viaje. Verano. Lyon, Avignon, Estrasburgo, París. Una primera conversación. Un primer momento a solas. Me contaste tu versión y la creí; te creí desde el minuto cero. Te ayudé a intentar arreglarlo porque tu cara reflejaba tristeza cada vez que la miraba. Pero luego no sabía si querías arreglarlo… La primera decepción (esa vez equivocada). Risas. Lágrimas. Alcohol. La ceniza quemando la manta, torpeza de quien en realidad no fuma. ¿Te quería ya entonces? No entiendo si no por qué me dolió tanto… Te diste cuenta de que lloraba y tiraste mi cigarrillo por la ventana. Me dijiste la verdad. Te conté que había algo que me hacía diferente. Durante un segundo estuviste a punto de convertirte en la primera persona… pero me callé. Me abrazaste antes de dormir. Soledad. Peleas. Incomprensión. Incomodidad. Rabia hacia mis propias amigas. Intenté ignorarlo todo y me quedé a tu lado. Estuve siempre ahí. En algún momento dejaste de darte cuenta o dejó de importarte. No quise verlo. Ahora ya todo iba bien para ti. Preguntaste. Dudé. Finalmente te lo susurré al oído mientras cruzábamos un puente. Hablamos de ello; yo por primera vez. Tengo esa imagen grabada en mi mente ¿la olvidaré algún día? ¿Quiero olvidarla? El Sena, Disneyland, El Arco del triunfo, Los campos Elíseos, el barrio latino, Notre Dame, La Torre Eiffel… París. ¡Por fin! Creo que me di cuenta en París, pero tampoco quise verlo. Ignoré las señales. Debí dejarlo en París. Debí quedarme en París.

lunes, 21 de marzo de 2011

Predicción sobre mi vida, by Alan

Tu próxima novia va a ser cajera de una droguería… de Avenida, concretamente. Pero bueno…no durareis mucho.
Pero la importante será la siguiente. Os conoceréis cuando tengas veintidós y estaréis juntas cinco años. Iréis en serio e incluso hablareis de adoptar, pero ella morirá antes de que podáis hacerlo.
Luego tendrás otras dos parejas, pero bah, nada importante, unos mesillos de nada, porque no habrás superado la muerte de la anterior.
Y a la última la conocerás con 34 y serás feliz…
Pero a los 40 tendréis un accidente, os atropellará un camión. Ella morirá, tú no. Pero te quedarás paralítica. Y te practicarás una eutanasia…
Que por supuesto, seguirá siendo ilegal.
(Después de mi cara de póquer)
No te quejes…yo muero a los 19 de un infarto.
………
Contestación: Ya tienes 19….
El: Ya, moriré en Julio…
Yo pensando: ya sé quien se fumó algo antes de venir

viernes, 18 de marzo de 2011

Carta al abuelo

A lo largo de nuestras vidas permanecerán imborrables los recuerdos, las vivencias, los instantes con el abuelo Manolo.
Siempre recordaré sus historias, que nos contaba siempre con la misma ilusión que la primera vez que las oímos, con la misma añoranza.
Relataba como siendo un niño de apenas diez años, escapó de su querida Talavera de la Reina, donde nació en 1925, huyendo de las bombas que caían sobre la ciudad al estallar la guerra civil; como permaneció dos años en un pueblo de la zona republicana, sin que su familia supiese nada de su paradero, hasta que un conocido lo identificó y pudo trasladarlo a la zona nacional, metiéndolo en un cajón de madera que servía de transporte, descolgado en una especie de tirolina sobre el río Tajo.
Nos contaba que había sido número uno de su promoción de educación física. Se emocionaba al hablar del instituto de Pontevedra, en el que fue profesor durante muchos años, logrando que éste se proclamara Campeón Nacional de Gimnasia en el 57.
Nos hablaba de otra de sus grandes pasiones, el balonmano, y de cómo dos pequeños y modestos clubes como eran el club Cisne (del que fue fundador y presidente durante muchos años) y el Teucro, habían conseguido alcanzar un alto nivel.
Siempre recordaré como nos enseñaba sus medallas, las fotografías de deportistas o de las instalaciones del Estadio de la Juventud, así como de esa casa en ruinas que compraron en Parada y que arreglaron para convertirla en la que sería durante muchos años su casa de veraneo.
William Shakespeare escribió que “el hombre viejo es dos veces niño”. Y yo eso lo veía claramente en mi abuelo, que siempre nos transmitía esa ilusión infantil con sus historias, o cuando nos daba caramelos, nos dejaba su caja de pinturas para dibujar o nos hablaba de su ciudad natal.
Todos esos relatos nos causaban admiración por el abuelo, pero cuando nos hicimos mayores la admiración se tornó todavía mayor, por haber sigo “grande” de corazón, “fuerte” para cuidarnos a todos, “valiente” para afrontar la vida con nosotros con sus alegrías y sus penas, pero siempre a nuestro lado, y “generoso” por habernos dedicado su vida.
Él nos acompañaba al colegio, nos dedicaba horas, compartía nuestros juegos, nuestras celebraciones, nuestras ilusiones cada Navidad…nos ayudaba si algo iba mal y siempre nos intentaba hacer reír.
Fueron tantos los momentos compartidos, las enseñanzas y consejos recibidos de él a los largo de nuestras vidas… tanto su amor y cariño hacia nosotros, que solo podemos decirte:
“Gracias, gracias por todo abuelo”

jueves, 17 de marzo de 2011

Cartas

- Te escribí una carta - le dije a la persona que tenía delante. Llevábamos tres años sin hablar a solas, no así, no de "nosotras". Siempre habíamos mantenido una barrera de seguridad para evitar ese, o cualquier otro tema, que pudiera transportarnos a ese verano, otoño e invierno del 2010, cualquier tema que pudiese derribar la barrera que nos protegía de mostrarnos vulnerables.
- No recibí ninguna carta - dijo ella.
No supe si creerla. Ya no conocía a aquella chica, o no de la forma en que lo había hecho. Tal vez era cierto y la carta nunca llegó a su destino. Tal vez no quiso abrirla y ahora me estaba mintiendo. O, quizás, prefería ignorar lo que en ella le decía.
Pero, fuera cual fuera la respuesta correcta ya daba igual. Había pasado demasiado tiempo. Era cierto que durante esos tres años yo no había dejado de esperar una respuesta o una reacción a aquella carta. Pero eso no cambiaba el hecho de que, durante todo ese tiempo, ella no había luchado ni una sola vez por recuperar lo que teníamos. Por mucho que yo lo esperaba, nunca había aparecido en mi puerta sorprendiéndome, nunc ahabía venido a recogerme a la estación, nunca había llamado para decir un simple "te echo de menos". Esperé y esperé... pero llega un momento en que, dejas de hacerlo. Ella había seguido con su vida por su cuenta, para bien o para mal, no lo sé... y ahora me tocaba a mí hacer lo mismo.
La quise mucho, sí, pero eso no lo es todo en la vida y tal vez esa conversación llegaba ya demasiado tarde. Dos años, once mes y treinta días tarde... porque al día siguiente de nuestra separación, antes incluso de mandar aquella carta, yo ya sabía que creía que cometíamos un error, yo ya quería volver. Tres años es demasiado tiempo esperando, pero es mejor que esperar toda una vida. Fue entonces cuando me di cuenta.
- ¿Qué ponía la carta? - dijo ella con esa voz que yo tanto había adorado, con esa voz que escondía mucho, esa mezcla de una niña víctima de la vida y una mujer culpable de sus propias decisiones.
- Que me iba de Erasmus - mentí. ¿Para qué decir la verdad a estas alturas? Era momento de cerrar heridas, no de volver a abrirlas.
Nos estábamos despidiendo, entre los recuerdos de un pasado que se habría merecido un futuro, entre la estela de las lágrimas que perdimos, entre el eco de las promesas que nunca llegamos a cumplir, pero, también, entre el recuerdo de los buenos momentos compartidos. Tres años después mi corazón decía adiós, aunque lo cierto es que nunca quiso hacerlo.
Vi como ella se levantaba de su silla y se acercaba a darme un beso en la mejilla. Ya no usaba el mismo perfume. Ya no era mi Wendy.
Nunca llegó a saber que decía aquella carta de verdad.

jueves, 10 de marzo de 2011

La espera

Aquella noche del 4 de Julio, cuando vi una estrella fugaz, pedí un deseo. El mismo que pedía cada vez que soplaba las velas de mi tarta de cumpleaños, cada año. El mismo que deseé cuando lancé una moneda a la Fontana de Trevi, cuando me dieron un trébol de cuatro hojas, cada vez que me caía una pestaña y en cada carta secreta a los reyes magos que nunca entregué.
Pero aquella noche era distinta, aquella noche era consciente de que el sueño podía hacerse realidad; podía significar el comienzo de una historia o el final de algo que ni si quiera había empezado.
Cuando era pequeña solía pensar que si me concentraba y deseaba algo con mucha fuerza, al final, se haría realidad. ¿Qué pasó luego? La vida.
Pero aquella noche, a solas sobre esa manta en el césped de un parque repleto de gente, volví a intentarlo, volví a cerrar los ojos e imaginar lo que quería que sucediera.
Fue entonces cuando, con los ojos cerrados, recordé en un segundo todos esos meses a su lado. Nos presentaron tiempo atrás, pero por una razón o por otra no había logrado hablar con ella de verdad hasta abril. Suena a locura, porque apenas nos conocíamos, porque de hecho en esa época era otra quien tenía mi plena atención, pero ese día por alguna razón supe que había algo. No sé explicarlo, simplemente sentía que quería más de aquello, que estaba cómoda, que sentía un calor que no era sinónimo de calentura sino de calidez. Poco a poco, ese verano, se fue ganando un hueco en mi vida o yo en la suya, no lo sé. Estuvo ahí como amiga cuando más la necesité y compartió conmigo cosas que prácticamente nadie más conoce. Me sentí afortunada, arropada, cuidada, incluso mimada… y de pronto ¡PUM! Me había ilusionado, y me di cuenta. Durante esos meses de agosto y septiembre intenté transmitirle cosas poco a poco, utilizando mi mejor arma: las palabras. Y un día, sin saber muy bien como, me di cuenta de que me estaba acariciando. ELLA: La dama de hierro, que jamás se enamoraba, que no dejaba que nadie se acercara lo suficiente para que llegaran a conocerla, que tenía una larga colección de ex parejas, que no de ex amantes. Porque no hay que confundir amante con pareja, el amor va más allá, el amor es otra cosa. Ella, que tenía una política de absoluto rechazo a las relaciones, me estaba acariciando. Y entonces tuve miedo, porque recordé las dos experiencias anteriores, porque yo ya sabía lo que era confundirse con una amiga, que te dieran falsas esperanzas, que te hicieran daño. Yo no quería eso, definitivamente. Pero ¿y ella? ¿qué buscaba ella?
Durante un tiempo fingió incredulidad, fingió que no se daba cuenta de hasta qué punto me había abierto su corazón. Pero fui firme, le dije lo que sentía, mil veces. Esperé. Fui paciente y solo ella sabe hasta qué punto. Me sentía vulnerable otra vez, pero me daba igual, por tercera vez iba a abrirme a otra persona, aún sabiendo que podía salir herida, aún sabiendo que hasta mis amigos me aconsejaban que no me arriesgara que no iba a ser fácil con ella.
Y entonces llegó ese día. Ayer le pedí que, si de verdad quería empezar algo conmigo, si de verdad me quería, viniera hoy aquí, para ver los fuegos conmigo.
Y aquí estoy, sola. Faltan 5 minutos para que comiencen y estoy temblando, por si no viene y por si lo hace. Cinco minutos parecen poco, pero llevo esperando toda una vida. Oigo los ruidos de las familias, niños impacientes presionando a sus padres, padres que se besan, charlan o esperan en silencio. Y me pregunto si algún día yo tendré todo eso.
Mantengo los ojos cerrados un poco más y reservo mis últimos atisbos de energía, como hacía cuando era pequeña, para desear con toda la fuerza posible que ella venga.
Oigo el primer fuego artificial estallando en el aire. Durante un instante creo que mi corazón volverá a romperse.
Entonces abro los ojos.
Y ahí está ella. Sonriéndome con su cazadora negra con capucha. Nerviosa. Dulce.
Sonrío.
Me acuerdo entonces de todas las velas, los tréboles, las monedas, las cartas y las pestañas. Me acuerdo de esa última estrella fugaz.
Y sé que por una vez mi deseo ha sido concedido.
Y doy gracias, no sé bien a quien, pero lo hago, porque en la vida me han enseñado que siempre hay que dar las gracias.
Ella se acerca en silencio y se sienta a mi lado para ver los fuegos.
Estiro la mano y rozo la suya. Y no necesito nada más, se que saldrá bien, sé que pienso intentarlo todo para que ella siempre vuelva ese día a esa hora, sé que siempre habrá fuegos artificiales.
……
Cinco meses después sigo rozando su mano, sigo sonriendo y sigo escuchando esos fuegos.