A lo largo de nuestras vidas permanecerán imborrables los recuerdos, las vivencias, los instantes con el abuelo Manolo.
Siempre recordaré sus historias, que nos contaba siempre con la misma ilusión que la primera vez que las oímos, con la misma añoranza.
Relataba como siendo un niño de apenas diez años, escapó de su querida Talavera de la Reina, donde nació en 1925, huyendo de las bombas que caían sobre la ciudad al estallar la guerra civil; como permaneció dos años en un pueblo de la zona republicana, sin que su familia supiese nada de su paradero, hasta que un conocido lo identificó y pudo trasladarlo a la zona nacional, metiéndolo en un cajón de madera que servía de transporte, descolgado en una especie de tirolina sobre el río Tajo.
Nos contaba que había sido número uno de su promoción de educación física. Se emocionaba al hablar del instituto de Pontevedra, en el que fue profesor durante muchos años, logrando que éste se proclamara Campeón Nacional de Gimnasia en el 57.
Nos hablaba de otra de sus grandes pasiones, el balonmano, y de cómo dos pequeños y modestos clubes como eran el club Cisne (del que fue fundador y presidente durante muchos años) y el Teucro, habían conseguido alcanzar un alto nivel.
Siempre recordaré como nos enseñaba sus medallas, las fotografías de deportistas o de las instalaciones del Estadio de la Juventud, así como de esa casa en ruinas que compraron en Parada y que arreglaron para convertirla en la que sería durante muchos años su casa de veraneo.
William Shakespeare escribió que “el hombre viejo es dos veces niño”. Y yo eso lo veía claramente en mi abuelo, que siempre nos transmitía esa ilusión infantil con sus historias, o cuando nos daba caramelos, nos dejaba su caja de pinturas para dibujar o nos hablaba de su ciudad natal.
Todos esos relatos nos causaban admiración por el abuelo, pero cuando nos hicimos mayores la admiración se tornó todavía mayor, por haber sigo “grande” de corazón, “fuerte” para cuidarnos a todos, “valiente” para afrontar la vida con nosotros con sus alegrías y sus penas, pero siempre a nuestro lado, y “generoso” por habernos dedicado su vida.
Él nos acompañaba al colegio, nos dedicaba horas, compartía nuestros juegos, nuestras celebraciones, nuestras ilusiones cada Navidad…nos ayudaba si algo iba mal y siempre nos intentaba hacer reír.
Fueron tantos los momentos compartidos, las enseñanzas y consejos recibidos de él a los largo de nuestras vidas… tanto su amor y cariño hacia nosotros, que solo podemos decirte:
“Gracias, gracias por todo abuelo”
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