Nunca se me dieron bien las despedidas. Nunca fui de esas personas que usan las pocas frases típicas que esconden lo que en realidad querrías decir. Tal vez por eso me despido con un simple adiós, para no ofender con lo que de verdad grito, para no poner en una situación incómoda a quien sí utiliza esas frases típicas. No es hasta que ha pasado un cierto tiempo de reflexión y en soledad cuando, escribiendo, me despido a mi manera.
Hoy me despido de alguien; alguien con quien jamás tuve que utilizar las vacías frases prefabricadas. Por ello, hoy no digo solo adiós.
Cuando W murió a penas hacía seis meses que la conocía, pero, no sé cómo, ya era el principio y fin de casi todo lo que solía importarme.
Cuando W murió, dejé de existir durante un tiempo. Y no porque alterara el curso habitual de un día cualquiera en mi vida: seguí yendo a clase, seguí descuidando mi alimentación de la misma forma, seguí saliendo de fiesta, seguí viendo las mismas películas y escuchando la misma música; sino porque muchas cosas dentro de mí cambiaron. Lo noté en que, de pronto, tenía frío siempre. Y lo peor es que lo transmitía a los demás, sin quererlo, sin poder evitarlo. Después me di cuenta de que por su ausencia se habían agudizado esa hipersensibilidad y susceptibilidad tan características mías. Y eso solo significaba más malas noticias, un futuro hipotéticamente más amargo. Pero lo peor de todo fue perder la poca fe que aún conservaba; fe en mi propio sueño; sueño que Wendy se fue sin conocer.
Que Wendy muriera significó para mí el final de una etapa, pero si hubiera resultado tan simple no estaría aún escribiendo sobre ello.
No entendí por qué se fue, y eso no ha cambiado ni creo que lo haga con el tiempo; nunca comprenderé por qué no luchó un poquito más por su vida, porque no fue fiel a lo que prometía, por qué no me dejó quererla. Pero en otras cosas mi visión sobre ella sí ha cambiado. Cuando se fue al principio, en cierta forma, llegué a odiarla, la acusé de ser cobarde y por orgullo la habría vendido al mejor postor… a pesar de que la amaba. Durante esos primeros días pensé mucho en la idea de que se estaba buscando su propia infelicidad, quizás porque nadie le había enseñado que se podía ser feliz, que no tenían por qué tratarla mal. Y pensaba: allá ella si prefiere mandar lejos a la persona que le enseñó que podía esperar más de la vida. Porque, al contrario que mucha más gente de la que pueda parecer, yo no haré nunca del masoquismo mi bandera. La vida no es fácil, vale, pero no hay por qué complicarla más. Pero ahora, con el tiempo, no la culpo, tal vez fue la única capaz de escapar a tiempo, tal vez sí sea feliz en Neverland, tal vez yo no podría ser lo que ella necesitaba. Sé que yo no me habría marchado y menos en un mal momento para ella, pero también sé que para mí ya era tarde.
Vi morir a Wendy mientras confeti de colores volaba por el aire. Las puertas se abrieron y vi a alguien allí, alguien a quien también quería aunque no de la misma forma. Miré a esa persona y vino a abrazarme. Descubrí en su abrazo a mi amiga, pero no había rastro de W, ya no estaba allí, ya no había un “nosotras”, ya no nos quedaba ni París. Y luego, cuando mi amiga dejó de rodearme con sus brazos, vi el cuerpo sin vida en el suelo del ascensor, el de alguien a quien había amado, el de quien nunca llegará a ser mi esposa.
Y cuando murió se me partió el corazón. Se fue la parte innegociable de mi amor.
En los días previos había intentado que entrara en razón, me había dedicado en cuerpo y alma a conseguir que recordara por qué estaba conmigo, había defendido hasta las últimas consecuencias la teoría del “Carpe Diem”. Incluso me había dejado arrastrar por su juego, ese del tira y afloja en el que ella ponía las reglas, ese en el que va todo al ganador. Sobra decir que yo no gané nada. La vi dudar en ciertos instantes, vaciló, cometió algún que otro error que podía darse a entender como un paso atrás etc. Pero yo sabía de primera mano que había comprado un billete a Neverland y que pensaba utilizarlo. Billete solo de ida. Billete a la eterna juventud.
Cuando W murió cambié su nombre en el móvil, borré la esperanza, reescribí el final.
W se fue casi sin previo aviso o, al menos, yo no estaba preparada para ello. W se fue fallando a sus promesas, pero sobre todo fallándome a mí y a todo aquel que pensó que esta vez sería diferente…si es que alguien lo pensó. W se fue sin leer mi libro y, por tanto, sin descubrir muchas partes de mí que hay en él y que yo nunca fui capaz de contarle. W se fue el mismo mes que murió una de las personas más importantes de mi vida…aunque dudo que lleguen nunca a conocerse. W me dejó no sé si segura de su decisión, pero espero que sabiendo cuanto la quería, a mí al menos no me queda ningún remordimiento. Me gustaría creer que se marchó sin más, llevándoselo todo, arrasando todo a su paso…pero no es cierto, sus cicatrices permanecerán conmigo por mucho tiempo, como las de cada persona que partió antes que ella. No sé si resucitó y sigue viva en algún sitio, no puedo saber si en alguna parte aun queda algo de la niña con capucha negra de la que yo me enamoré; solo sé que se fue y puede que no sea capaz de perdonarla por ello, pero espero que sea feliz esté donde esté.
Inicié este blog para facilitar la comunicación con Neverland, su país natal. Inicié este blog para que la chica con miedo al compromiso pudiera escuchar todo eso que alguna vez tenía miedo de decir. W hoy ya no está, ya no conozco a nadie en Neverland. Y aunque fuera cierto, aunque ella siguiera viva y siguiera allí no creo que me quede nada por decir. Sin W ni comunicación con Neverland este blog carece de sentido, por lo que no enviaré más cartas con este remitente, no volveré a escribir en él. Solo deseo que si algún desconocido encuentra estas cartas no las tome como ejemplo de nada, nunca quise serlo, nunca fui más que una chica que quería a otra chica, una soñadora. Espero que si ella encuentra estas cartas recuerde solo lo bueno: los peluches con nombres raros, los besos y abrazos, las cinco horas, que fui el rey león, los tortellini, las llamadas en plena madrugada, las sonrisas, los regalos, las entradas de cine malgastadas, los sueños, la lista innumerable de canciones… el antes y el durante, aunque no el después.
Estoy convencida de que cuando algún día yo también pase a esa otra dimensión a donde va a parar todo lo que yace sin vida, todo lo olvidado, todo lo que un día fue joven; si vuelvo a ver a Wendy será como dicen en esa canción: “Y ya verás como me olvidas, y te encuentro en cualquier bar pegando saltos de alegría y me dices que lo nuestro no era lo que merecías. Seré cosas que se cuentan, vueltas de la vida.” Estoy segura.
Me da mucha pena que no vaya a haber más cartas a Nerverland, aunque espero que no sea lo último que lea escrito por ti.
ResponderEliminarUn beso, y vete pensando la idea para un blog nuevo ;)
A mi también me da pena. Pensaré en ello jeje
ResponderEliminarUn beso =)