lunes, 23 de mayo de 2011

Despedida

A todos aquellos que perdisteis un poquito de vuestro tiempo para leer estas divagaciones mias, gracias. Por compartir conmigo la experiencia de un primer blog en el que expresar lo que siento, por compartir conmigo el viaje de un primer amor.
Os doy las gracias de verdad. Si aún tenéis algo de tiempo libre entre café y café, tardes de estudio y días de verano, a partir de hoy éste será mi nuevo blog. Siento tener que dejar de publicar en este, aunque creo que ya dejé claro en la anterior entrada por qué lo hacía.
De nuevo, gracias.
el nuevo blog:
http://otravezimpar.blogspot.com/2011/05/otra-vez-impar.html

domingo, 17 de abril de 2011

The end

Nunca se me dieron bien las despedidas. Nunca fui de esas personas que usan las pocas frases típicas que esconden lo que en realidad querrías decir. Tal vez por eso me despido con un simple adiós, para no ofender con lo que de verdad grito, para no poner en una situación incómoda a quien sí utiliza esas frases típicas. No es hasta que ha pasado un cierto tiempo de reflexión y en soledad cuando, escribiendo, me despido a mi manera.
Hoy me despido de alguien; alguien con quien jamás tuve que utilizar las vacías frases prefabricadas. Por ello, hoy no digo solo adiós.
Cuando W murió a penas hacía seis meses que la conocía, pero, no sé cómo, ya era el principio y fin de casi todo lo que solía importarme.
Cuando W murió, dejé de existir durante un tiempo. Y no porque alterara el curso habitual de un día cualquiera en mi vida: seguí yendo a clase, seguí descuidando mi alimentación de la misma forma, seguí saliendo de fiesta, seguí viendo las mismas películas y escuchando la misma música; sino porque muchas cosas dentro de mí cambiaron. Lo noté en que, de pronto, tenía frío siempre. Y lo peor es que lo transmitía a los demás, sin quererlo, sin poder evitarlo. Después me di cuenta de que por su ausencia se habían agudizado esa hipersensibilidad y susceptibilidad tan características mías. Y eso solo significaba más malas noticias, un futuro hipotéticamente más amargo. Pero lo peor de todo fue perder la poca fe que aún conservaba; fe en mi propio sueño; sueño que Wendy se fue sin conocer.
Que Wendy muriera significó para mí el final de una etapa, pero si hubiera resultado tan simple no estaría aún escribiendo sobre ello.
No entendí por qué se fue, y eso no ha cambiado ni creo que lo haga con el tiempo; nunca comprenderé por qué no luchó un poquito más por su vida, porque no fue fiel a lo que prometía, por qué no me dejó quererla. Pero en otras cosas mi visión sobre ella sí ha cambiado. Cuando se fue al principio, en cierta forma, llegué a odiarla, la acusé de ser cobarde y por orgullo la habría vendido al mejor postor… a pesar de que la amaba. Durante esos primeros días pensé mucho en la idea de que se estaba buscando su propia infelicidad, quizás porque nadie le había enseñado que se podía ser feliz, que no tenían por qué tratarla mal. Y pensaba: allá ella si prefiere mandar lejos a la persona que le enseñó que podía esperar más de la vida. Porque, al contrario que mucha más gente de la que pueda parecer, yo no haré nunca del masoquismo mi bandera. La vida no es fácil, vale, pero no hay por qué complicarla más. Pero ahora, con el tiempo, no la culpo, tal vez fue la única capaz de escapar a tiempo, tal vez sí sea feliz en Neverland, tal vez yo no podría ser lo que ella necesitaba. Sé que yo no me habría marchado y menos en un mal momento para ella, pero también sé que para mí ya era tarde.
Vi morir a Wendy mientras confeti de colores volaba por el aire. Las puertas se abrieron y vi a alguien allí, alguien a quien también quería aunque no de la misma forma. Miré a esa persona y vino a abrazarme. Descubrí en su abrazo a mi amiga, pero no había rastro de W, ya no estaba allí, ya no había un “nosotras”, ya no nos quedaba ni París. Y luego, cuando mi amiga dejó de rodearme con sus brazos, vi el cuerpo sin vida en el suelo del ascensor, el de alguien a quien había amado, el de quien nunca llegará a ser mi esposa.
Y cuando murió se me partió el corazón. Se fue la parte innegociable de mi amor.
En los días previos había intentado que entrara en razón, me había dedicado en cuerpo y alma a conseguir que recordara por qué estaba conmigo, había defendido hasta las últimas consecuencias la teoría del “Carpe Diem”. Incluso me había dejado arrastrar por su juego, ese del tira y afloja en el que ella ponía las reglas, ese en el que va todo al ganador. Sobra decir que yo no gané nada. La vi dudar en ciertos instantes, vaciló, cometió algún que otro error que podía darse a entender como un paso atrás etc. Pero yo sabía de primera mano que había comprado un billete a Neverland y que pensaba utilizarlo. Billete solo de ida. Billete a la eterna juventud.
Cuando W murió cambié su nombre en el móvil, borré la esperanza, reescribí el final.
W se fue casi sin previo aviso o, al menos, yo no estaba preparada para ello. W se fue fallando a sus promesas, pero sobre todo fallándome a mí y a todo aquel que pensó que esta vez sería diferente…si es que alguien lo pensó. W se fue sin leer mi libro y, por tanto, sin descubrir muchas partes de mí que hay en él y que yo nunca fui capaz de contarle. W se fue el mismo mes que murió una de las personas más importantes de mi vida…aunque dudo que lleguen nunca a conocerse. W me dejó no sé si segura de su decisión, pero espero que sabiendo cuanto la quería, a mí al menos no me queda ningún remordimiento. Me gustaría creer que se marchó sin más, llevándoselo todo, arrasando todo a su paso…pero no es cierto, sus cicatrices permanecerán conmigo por mucho tiempo, como las de cada persona que partió antes que ella. No sé si resucitó y sigue viva en algún sitio, no puedo saber si en alguna parte aun queda algo de la niña con capucha negra de la que yo me enamoré; solo sé que se fue y puede que no sea capaz de perdonarla por ello, pero espero que sea feliz esté donde esté.
Inicié este blog para facilitar la comunicación con Neverland, su país natal. Inicié este blog para que la chica con miedo al compromiso pudiera escuchar todo eso que alguna vez tenía miedo de decir. W hoy ya no está, ya no conozco a nadie en Neverland. Y aunque fuera cierto, aunque ella siguiera viva y siguiera allí no creo que me quede nada por decir. Sin W ni comunicación con Neverland este blog carece de sentido, por lo que no enviaré más cartas con este remitente, no volveré a escribir en él. Solo deseo que si algún desconocido encuentra estas cartas no las tome como ejemplo de nada, nunca quise serlo, nunca fui más que una chica que quería a otra chica, una soñadora. Espero que si ella encuentra estas cartas recuerde solo lo bueno: los peluches con nombres raros, los besos y abrazos, las cinco horas, que fui el rey león, los tortellini, las llamadas en plena madrugada, las sonrisas, los regalos, las entradas de cine malgastadas, los sueños, la lista innumerable de canciones… el antes y el durante, aunque no el después.
Estoy convencida de que cuando algún día yo también pase a esa otra dimensión a donde va a parar todo lo que yace sin vida, todo lo olvidado, todo lo que un día fue joven; si vuelvo a ver a Wendy será como dicen en esa canción: “Y ya verás como me olvidas, y te encuentro en cualquier bar pegando saltos de alegría y me dices que lo nuestro no era lo que merecías. Seré cosas que se cuentan, vueltas de la vida.” Estoy segura.

viernes, 8 de abril de 2011

Cómo me enfrenté a la realidad

Como escuché en “Cómo conocí a vuestra madre”: “Chicos, la vida está llena de grandes momentos románticos que son los que hacen que merezca la pena vivir. Pero hay un problema: esos momentos pasan e, inmediatamente después, acechando a la vuelta de la esquina, nos espera una vieja, peluda y cruel llamada realidad.”
De modo que en 2011, la noche del ocho de abril, la realidad era el enemigo. Cuando te peleas con tu ex (que resulta ser también tu mejor amiga) y esta no hace nada por arreglarlo tras un día sin hablar, chocas con la realidad. Cuando te afecta en exceso casi todo lo que pasa, por pequeño y tonto que sea, chocas con la realidad. Cuando tu mejor amigo parece estar siempre mal, incluso cuando está contigo, y no te cuenta por qué, chocas con la realidad.
Yo hoy me enfrento a todo ello.
Pero tal vez era necesario que todo se desencadenase de este modo para comprender que la vida no dura para siempre, que si los que están a tu alrededor se empeñan en estar mal o en no disfrutar o en no arreglar las cosas, allá ellos. Tal vez llega un momento en que tienes que aprender a distinguir tu vida de la de los que te rodean… no es lo mismo, no hay por qué mezclarlo.
Ayer con unas amigas, de cañas por Santiago, en un pub con la música perfecta para mí, no necesitaba más para sonreír. Y es que es así de simple: si quieres a alguien luchas con uñas y dientes por estar a su lado, por no fallarle y por hacerle feliz; si no tienes un problema serio no hay razón para estar siempre descontento, todos tenemos un día malo, pero no tiene por qué ser un día eterno; si no te gusta tu vida, haz algo por cambiarla, y sino, no te quejes joder.
Así que no, mañana no me quedaré en casa, no cogeré el móvil para mandar ese mensaje que esta vez no debería mandar yo y no dejaré que me contagien esa infelicidad generalizada, ese cansancio de una vida a penas a medio vivir, esa tontería innecesaria de quien no aprecia lo que tiene.
Por tanto, si chocar con mi realidad me sirve para llegar a todas esas conclusiones; bienvenida realidad.

jueves, 31 de marzo de 2011

París y tú

Un viaje. Verano. Lyon, Avignon, Estrasburgo, París. Una primera conversación. Un primer momento a solas. Me contaste tu versión y la creí; te creí desde el minuto cero. Te ayudé a intentar arreglarlo porque tu cara reflejaba tristeza cada vez que la miraba. Pero luego no sabía si querías arreglarlo… La primera decepción (esa vez equivocada). Risas. Lágrimas. Alcohol. La ceniza quemando la manta, torpeza de quien en realidad no fuma. ¿Te quería ya entonces? No entiendo si no por qué me dolió tanto… Te diste cuenta de que lloraba y tiraste mi cigarrillo por la ventana. Me dijiste la verdad. Te conté que había algo que me hacía diferente. Durante un segundo estuviste a punto de convertirte en la primera persona… pero me callé. Me abrazaste antes de dormir. Soledad. Peleas. Incomprensión. Incomodidad. Rabia hacia mis propias amigas. Intenté ignorarlo todo y me quedé a tu lado. Estuve siempre ahí. En algún momento dejaste de darte cuenta o dejó de importarte. No quise verlo. Ahora ya todo iba bien para ti. Preguntaste. Dudé. Finalmente te lo susurré al oído mientras cruzábamos un puente. Hablamos de ello; yo por primera vez. Tengo esa imagen grabada en mi mente ¿la olvidaré algún día? ¿Quiero olvidarla? El Sena, Disneyland, El Arco del triunfo, Los campos Elíseos, el barrio latino, Notre Dame, La Torre Eiffel… París. ¡Por fin! Creo que me di cuenta en París, pero tampoco quise verlo. Ignoré las señales. Debí dejarlo en París. Debí quedarme en París.

lunes, 21 de marzo de 2011

Predicción sobre mi vida, by Alan

Tu próxima novia va a ser cajera de una droguería… de Avenida, concretamente. Pero bueno…no durareis mucho.
Pero la importante será la siguiente. Os conoceréis cuando tengas veintidós y estaréis juntas cinco años. Iréis en serio e incluso hablareis de adoptar, pero ella morirá antes de que podáis hacerlo.
Luego tendrás otras dos parejas, pero bah, nada importante, unos mesillos de nada, porque no habrás superado la muerte de la anterior.
Y a la última la conocerás con 34 y serás feliz…
Pero a los 40 tendréis un accidente, os atropellará un camión. Ella morirá, tú no. Pero te quedarás paralítica. Y te practicarás una eutanasia…
Que por supuesto, seguirá siendo ilegal.
(Después de mi cara de póquer)
No te quejes…yo muero a los 19 de un infarto.
………
Contestación: Ya tienes 19….
El: Ya, moriré en Julio…
Yo pensando: ya sé quien se fumó algo antes de venir

viernes, 18 de marzo de 2011

Carta al abuelo

A lo largo de nuestras vidas permanecerán imborrables los recuerdos, las vivencias, los instantes con el abuelo Manolo.
Siempre recordaré sus historias, que nos contaba siempre con la misma ilusión que la primera vez que las oímos, con la misma añoranza.
Relataba como siendo un niño de apenas diez años, escapó de su querida Talavera de la Reina, donde nació en 1925, huyendo de las bombas que caían sobre la ciudad al estallar la guerra civil; como permaneció dos años en un pueblo de la zona republicana, sin que su familia supiese nada de su paradero, hasta que un conocido lo identificó y pudo trasladarlo a la zona nacional, metiéndolo en un cajón de madera que servía de transporte, descolgado en una especie de tirolina sobre el río Tajo.
Nos contaba que había sido número uno de su promoción de educación física. Se emocionaba al hablar del instituto de Pontevedra, en el que fue profesor durante muchos años, logrando que éste se proclamara Campeón Nacional de Gimnasia en el 57.
Nos hablaba de otra de sus grandes pasiones, el balonmano, y de cómo dos pequeños y modestos clubes como eran el club Cisne (del que fue fundador y presidente durante muchos años) y el Teucro, habían conseguido alcanzar un alto nivel.
Siempre recordaré como nos enseñaba sus medallas, las fotografías de deportistas o de las instalaciones del Estadio de la Juventud, así como de esa casa en ruinas que compraron en Parada y que arreglaron para convertirla en la que sería durante muchos años su casa de veraneo.
William Shakespeare escribió que “el hombre viejo es dos veces niño”. Y yo eso lo veía claramente en mi abuelo, que siempre nos transmitía esa ilusión infantil con sus historias, o cuando nos daba caramelos, nos dejaba su caja de pinturas para dibujar o nos hablaba de su ciudad natal.
Todos esos relatos nos causaban admiración por el abuelo, pero cuando nos hicimos mayores la admiración se tornó todavía mayor, por haber sigo “grande” de corazón, “fuerte” para cuidarnos a todos, “valiente” para afrontar la vida con nosotros con sus alegrías y sus penas, pero siempre a nuestro lado, y “generoso” por habernos dedicado su vida.
Él nos acompañaba al colegio, nos dedicaba horas, compartía nuestros juegos, nuestras celebraciones, nuestras ilusiones cada Navidad…nos ayudaba si algo iba mal y siempre nos intentaba hacer reír.
Fueron tantos los momentos compartidos, las enseñanzas y consejos recibidos de él a los largo de nuestras vidas… tanto su amor y cariño hacia nosotros, que solo podemos decirte:
“Gracias, gracias por todo abuelo”

jueves, 17 de marzo de 2011

Cartas

- Te escribí una carta - le dije a la persona que tenía delante. Llevábamos tres años sin hablar a solas, no así, no de "nosotras". Siempre habíamos mantenido una barrera de seguridad para evitar ese, o cualquier otro tema, que pudiera transportarnos a ese verano, otoño e invierno del 2010, cualquier tema que pudiese derribar la barrera que nos protegía de mostrarnos vulnerables.
- No recibí ninguna carta - dijo ella.
No supe si creerla. Ya no conocía a aquella chica, o no de la forma en que lo había hecho. Tal vez era cierto y la carta nunca llegó a su destino. Tal vez no quiso abrirla y ahora me estaba mintiendo. O, quizás, prefería ignorar lo que en ella le decía.
Pero, fuera cual fuera la respuesta correcta ya daba igual. Había pasado demasiado tiempo. Era cierto que durante esos tres años yo no había dejado de esperar una respuesta o una reacción a aquella carta. Pero eso no cambiaba el hecho de que, durante todo ese tiempo, ella no había luchado ni una sola vez por recuperar lo que teníamos. Por mucho que yo lo esperaba, nunca había aparecido en mi puerta sorprendiéndome, nunc ahabía venido a recogerme a la estación, nunca había llamado para decir un simple "te echo de menos". Esperé y esperé... pero llega un momento en que, dejas de hacerlo. Ella había seguido con su vida por su cuenta, para bien o para mal, no lo sé... y ahora me tocaba a mí hacer lo mismo.
La quise mucho, sí, pero eso no lo es todo en la vida y tal vez esa conversación llegaba ya demasiado tarde. Dos años, once mes y treinta días tarde... porque al día siguiente de nuestra separación, antes incluso de mandar aquella carta, yo ya sabía que creía que cometíamos un error, yo ya quería volver. Tres años es demasiado tiempo esperando, pero es mejor que esperar toda una vida. Fue entonces cuando me di cuenta.
- ¿Qué ponía la carta? - dijo ella con esa voz que yo tanto había adorado, con esa voz que escondía mucho, esa mezcla de una niña víctima de la vida y una mujer culpable de sus propias decisiones.
- Que me iba de Erasmus - mentí. ¿Para qué decir la verdad a estas alturas? Era momento de cerrar heridas, no de volver a abrirlas.
Nos estábamos despidiendo, entre los recuerdos de un pasado que se habría merecido un futuro, entre la estela de las lágrimas que perdimos, entre el eco de las promesas que nunca llegamos a cumplir, pero, también, entre el recuerdo de los buenos momentos compartidos. Tres años después mi corazón decía adiós, aunque lo cierto es que nunca quiso hacerlo.
Vi como ella se levantaba de su silla y se acercaba a darme un beso en la mejilla. Ya no usaba el mismo perfume. Ya no era mi Wendy.
Nunca llegó a saber que decía aquella carta de verdad.